MIGUEL CARLOS VILLAR

Bendita apatía

Bendita apatía

 

 

Hasta este momento, en que me dispongo a pulsar las teclas del ordenador, la apatía se ha adueñado de mí durante unas horas. Horas, por lo demás, placenteras. Sumergido en un estado límbico jamás antes experimentado, los pensamientos se deslizaban suavemente hasta caer en una suerte de estanque algodonado, sin provocar ondulación alguna en su superficie. No llegaban a tomar forma; su colorido no terminaba de consolidarse.

En la lejanía, siempre dentro de aquella burbuja apática, un arcoíris amorfo era incapaz de fijar sus colores. Este juego me relajaba hasta el punto de hacerme partícipe de su empeño, y, cual dirigente insuflaba órdenes (¿a quién?) lanzando rojos, verdes, violetas, naranjas, índigos, amarillos y azules hacia manos invisibles. Una tarea amena. A mi parecer, interminable.

De regreso a la realidad del instante, me ha quedado el deseo de haber visto aquel arcoíris completo, firme al fin en su forma, desplegado en toda su magnificencia. Quizá porque en ese orden definitivo intuía algo que, durante esas horas, se me había escapado sin hacer ruido.