Toda cosa tiene un principio,
aunque finja haber estado siempre.
Nada nace del vacío:
hasta el silencio tuvo una primera vez
en la que decidió callar.
La piedra fue polvo antes de aprender a resistir,
el río fue lágrima
antes de saber avanzar,
y el fuego fue miedo
antes de aprender a arder sin pedir permiso.
Toda cosa tiene un origen,
una grieta inicial,
un temblor mínimo
que nadie vio
pero que lo cambió todo.
El amor comenzó como una pregunta,
no como una certeza.
El odio nació del miedo,
no de la fuerza.
La fe nació de una caída
y la esperanza
del instante exacto
en que alguien se negó a rendirse.
Nada ocurre porque sí.
El viento no empuja sin memoria,
la noche no cae por capricho,
la herida no duele sola:
duele por lo que recuerda.
Las cosas pasan
porque algo fue empujado demasiado lejos,
porque algo fue callado demasiado tiempo,
porque alguien miró al cielo
esperando respuesta
y el cielo respondió con espera.
El principio de una palabra
es un pensamiento que no aguantó quedarse adentro.
El principio de un poema
es una herida que aprendió a hablar.
El principio de un hombre
es un latido que decide seguir
a pesar de saber
que un día va a detenerse.
Incluso la caída tiene su causa:
se cae quien se atrevió a caminar,
se rompe quien se animó a sentir,
se pierde quien buscó
algo más grande que sí mismo.
Nada es inútil en su origen.
El error enseña,
la pérdida talla,
el dolor ordena el alma
como un fuego lento
que quema lo falso
y deja lo verdadero.
Las cosas existen
para decirnos algo.
A veces gritan,
a veces susurran,
a veces solo esperan
a que tengamos el valor
de escuchar.
Y cuando algo termina
no es el final lo que habla,
sino el principio
que ya cumplió su misión.
Porque toda cosa tiene su porqué,
aunque no lo entendamos hoy,
aunque duela ahora,
aunque parezca injusto.
Y quizá el principio de todo
no sea el tiempo,
ni la materia,
ni el destino,
sino esta necesidad humana
de preguntar
por qué pasa lo que pasa
y de escribir
para no olvidar
que incluso en el caos
hay un origen
esperando ser comprendido.