Me miro al espejo y no reconozco el brillo,
el café se enfría en una mesa para una;
el silencio se ha vuelto mi fiel lazarillo
bajo esta luz pálida de media luna.
No hubo promesas rotas ante ningún velo,
solo el desgaste lento de lo que no fue,
un suspiro que sube buscando el consuelo
y una duda que muerde lo poco que sé.
Pensé en subir a la torre más alta del pueblo,
no por el drama de un salto final,
sino por ver si desde el cielo me aviento
a este vacío que hoy me sabe a sal.
Pero el viento es frío y el valor se esconde,
así que regreso a mi rincón habitual,
donde nadie pregunta y nadie responde,
donde el desamparo es algo natural.
Pienso en mi madre, en su dolor y su espera,
en cómo sus manos perdieron el roce,
viviendo su vida de extraña manera
sin que la alegría de nuevo la roce.
Ahora entiendo su sombra y su herida,
el peso de un nombre que nadie pronuncia,
la parte invisible de toda una vida
que en cada latido al amor renuncia.
Se apagan las luces, se cierra la puerta,
el mundo de afuera me parece extraño.
Me quedo conmigo, alerta y despierta,
contando las marcas que deja cada año.
Sin rastro de Dios, sin mano derecha,
con la calma triste de quien ya no espera
Sola otra vez, por naturaleza.