Se levantó
cuando todos estaban sentados.
Alzó la voz.
No golpeó la mesa.
Dijo su verdad
como quien firma
con el cuerpo.
La sala quedó inmóvil.
No porque convenciera,
sino porque nadie esperaba
que alguien dijera no
en voz alta.
Habló de ideologías.
Habló de la maldad
cuando la maldad
ya era costumbre.
Sabía lo que hacía.
Lo dijo sin temblar:
que después de ese gesto
irían tras ella.
Que disentir
no era un discurso,
era una sentencia.
Ese mismo día
la vida se volvió pequeña:
una maleta,
una puerta,
el abandono de todos los nombres.
No hubo despedidas.
No hubo tiempo
para el miedo lento.
El exilio empezó
antes de que terminara la tarde.
Dejó atrás a los suyos.
Dejó una casa
que ya no la quería libre.
Desde entonces
la persecución no terminó:
solo cambió de idioma,
de frontera,
de forma.
Pero hay algo
que no pudieron quitarle:
los cinco minutos
que la sala le concedió.
Cinco minutos
para decir no.
Cinco minutos
para romper
el acuerdo del silencio.
Cinco minutos
que todavía resuenan
en un lugar
donde nadie volvió
a levantarse igual.
Hay verdades
que no salvan
a quien las dice,
pero miden su tiempo
con exactitud.
A veces
cinco minutos
alcanzan
para que la maldad
sepa
que fue nombrada.
Jesús Armando Contreras.