Esta mañana compartí un café con el Amor. Entre risas y recuerdos, terminamos —como de costumbre— hablando de ti; confieso que nunca tardo más de cinco minutos en invocarte.
​Pero las risas se volvieron reproches y el Amor, harto de tu sombra, me gritó que no quería escucharte más. Le respondí con la verdad: que tú eres y serás siempre mi vida entera. Amenazó con lanzarse por la ventana si no cambiaba el tema, a lo que solo pude reír. Le recordé que este manicomio es de planta baja.
​Brindamos con otra taza de café por nuestra hermosa locura.