Leoness

Naturaleza por la que amar

Entre el follaje denso, donde el mapa se borra,

la selva me dictó su veredicto de sombra.

Perdido en el laberinto de lo verde y lo incierto,

hallé en Regina el pulso de un mundo más despierto.

 

Ella no habitaba el bosque, ella era su lenguaje,

una lógica circular, un orgánico coraje.

Me enseñó que la prisa es el ruido del ciego,

que el tiempo no corre, se aviva como el fuego.

 

El paso del tiempo: \"El monte tiene su ritmo\", decía con calma,
mientras pelaba viandas y desnudaba mi alma.
\"Si corres demasiado, el rastro se te escapa;
la vida no es destino, sino el suelo que te atrapa\".

 

Diálogo vivo: la neblina no era clima, sino invitación,
la rama caída, una palabra en oración.
Para Regina el paisaje no se mira desde fuera,
es un ente que respira, una voz que desespera.

 

Sus manos, geografía de surcos y de barro,

me sacaron del pecho cada viejo rastrojo y desgarro.

Curtidas por la tierra, pero al tacto seda pura,

me enseñaron que la hospitalidad es la mayor cordura.

 

No fue solo la selva, ese verde que inunda la mirada,

ni el asombro del ave, ni la luz de la hondonada.

 

Me quedé por el silencio que entre los dos se fraguó,

me quedé por lo que el tiempo en nosotros sembró,

me quedé por la naturaleza, sí, por su salvaje resplandor,

pero, sobre todo, me quedé por amar... me quedé por amor.