¡Cuánto tiempo lleva la muerte,
si es la vida la que te debe mil candelabros!
Hay en tu historia pálidos y fúnebres
tumores, apéndices inflamados, ¡y hasta
esputo de pasto y barro!
Hermano mío, hermano sin ser costilla
de otro hermano; me duele toda la tierra,
mis pasos y, desde luego, el roce hipócrita
de mi calzado…
Por todos los hombres
te imploro perdón, perdón de enfermo,
perdón de lágrimas… y aún en función
de mi propia empatía embustera…
Me lo han contado entre lenguas,
y es que… tal vez el despreciable sistema
del Azar lo quiso así…
Bonifacio, de extremidades y cuerpo
elaborado (me lo imagino), con tus
sólidos instintos de obrero revolucionario;
cabello ametalado y rugosidades
de sinónimos laboriosos.
¿Cómo fue que te hiciste?, ¿de qué
trabajoso lomo y seno alimentaste?
¿Por cuántos senderos fueron
a andar tus formidables callos?
Si acaso el polvo engulló
tu ya tan ígnea marcha…
¡Era de contar tu penoso drama!
¡Bien, era de observar
tu doliente y jubilosa historia!
Noventa y cinco años, en verdad, formidables;
y aun en tales tiempos ¡tu carne
daba para la labor! Nunca fue la fuerza,
¡sino el afán de servir!
Aun en tales años nunca pediste
más que techo y lo humilde del sustento
(en verdad, admirable).
Tanto que hay de sostén en la doméstica mano,
en el cotidiano abrigo y la familia,
del regazo de la mujer y los amigos,
de los sórdidos tactos y bolsillos…
Y, no obstante, nada ni nadie te acarreaba:
tú eras tu propio pan, tu carga.
No recuerdo cómo fue (si acaso nadie lo sabe).
Una tarde en que la sierra apiojaba
sus árboles sudorosos. Una insolente
ave en aquel arroyo y otra apilada
en el borde de concreto (me lo imagino).
Un buitre masticando tu hambreada pelvis
y tu sedienta boca…
Qué tarde… qué tarde.
Tu laborioso cráneo mostrando
relucientes sus parietales
¡y hasta esos dientes de oro!
No me cabe en la vida
tu lógica ejecución…
Lógica soledad,
lógico vagabundo,
lógica enumeración y naturaleza…
En verdad que me hiela toda la vida…
Y sin omitir sus inhumanos nervios de hombre.
Bonifacio, créeme por todos los hombres
que te imploro perdón,
perdón de enfermo,
perdón de lágrimas…
y aún, y siempre, en función
de mi propia empatía embustera.