Con la puesta del sol dejé mi nombre,
mi voz, mi fe, mi pan de cada día;
murió el amor que al pecho dio su cumbre
y el rumbo fiel que al alba me guía.
Se fue el abrazo que vencía al hombre,
el techo cierto, la razón que ardía,
y en el silencio, fiel y sin asombre,
aprendí a ser quien nada ya tenía.
Cayeron oficios, promesas, altares,
quedé desnudo frente a mi verdad,
sin más refugio que mis propios mares.
Perderlo todo fue mi libertad,
pues solo muere quien se atreve a olvidar,
y al renunciar… renací en soledad.