Elegías a Olivia.
Olivia.
No encuentro el consuelo, sólo la distracción.
Incluso en la rutina, mi corazón no deja de sentir pero ni sabe qué siente.
La tristeza de no volver a vernos a los ojos.
La ausencia de esa comunicación muda,
la que sólo el alma entiende.
Volviste a encender el fuego que había en mí y tuve que despedirte.
Traté de darle cobijo a tu alma con la mía.
De guarecer tus almohadillas con mis besos.
Quise negociar más tiempo con la muerte.
¡Comprar vida! (!) darte un poco de la mía.
Tu ronroneo era etéreo, sólo lo escuchaba en la cercanía de mi pecho.
Siempre fuiste silenciosa, tranquila, de ojos buenos.
Te envidio solemne al peregrinar al cielo y yo aquí cuestiono si seré digno algún día.
Tócale duro la puerta a papá Dios para que te abra.
No podría aceptar la piedad, que volvás de nuevo
y tener que decirte adiós otra vez.
Deseé haber tenido más tiempo, encontrarte antes.
Simplemente no puedo con la culpa.
Te prometo vivir muchos años y sufrir como creo que merezco.
Siempre te amaré, Olivia.
Olivia.
Olivia era algarabía silente,
música muda,
ruido callado por la naturaleza de su esencia, callado por el instinto felino,
por el amor ebrio en silencio.
Fui custodio de la cortesía de Dios.
¡Todo está bien, Olivia!
Ya no sufrís, ya no tenés frío, ya no hay dolor.
No hay nada que esté mal
pero yo no quiero estar bien.
La dualidad me invade.
Quiero estar mal, quiero sufrir y castigarme.
Sólo muriendo poco a poco
me doy cuenta que sigo vivo.
Con tu partida todo sigue igual
pero mi alma, aunque sigue viva,
quiere morir en la disonancia que dejaste.
¡Te extraño, Olivia!
Olivia en Andrómeda.
¡Mi Olivia cósmica!
Bella sin altivez,
altiva pero modesta.
Silente amada,
eterna algarabía romántica.
No fuiste ni serás constelación
sino mi promesa de amarte,
incluso antes de existir.
En el peregrinaje estelar del todo,
siempre retumbará el eco de mi amor.