Daniii_Farías

El mensaje…

 

 

Dani estaba cocinando cuando el celular vibró.

 

Número desconocido.

 

—¿Qué pasó?

 

Dani frunció el ceño, limpió el cuchillo en el repasador.

 

—Nada. ¿Por?

 

La respuesta tardó unos segundos.

 

—Entonces todavía no lo sentís.

 

El aceite empezó a humear. Dani apagó el fuego. El aire de la cocina se volvió raro, pesado, como si alguien respirara detrás de él. Revisó la casa. Nada.

 

Esa noche soñó consigo mismo parado en la puerta de su cuarto, mirándolo dormir, con una sonrisa que no le pertenecía.

 

Al despertar, el celular vibró otra vez.

 

—No te gires cuando me veas.

 

Dani llamó a un amigo. No explicó mucho. Solo dijo que algo estaba mal.

 

—Tenés que tener cuidado —le dijo el amigo—. Hay cosas que se parecen demasiado a nosotros… y no quieren coexistir.

 

Dani no respondió. En la pantalla apareció un nuevo mensaje.

 

—¿Me tenés miedo?

—Estoy acá.

 

Ubicación en tiempo real.

 

Un pasaje angosto. Casas pegadas, ventanas rotas, luces que no terminaban de encender. El amigo lo acompañó, pero se quedó lejos. No quiso entrar.

 

—Desde acá no se vuelve igual —murmuró.

 

Dani avanzó solo.

 

El primer disparo sonó sin aviso.

Después otro.

Y otro más.

 

Las balas no lo tocaban, pero el ruido le atravesaba la cabeza, como si apuntaran a algo más profundo. Se tiró al suelo, se cubrió, gritó… hasta que el arma se quedó muda.

 

Entonces lo vio.

 

Era él.

 

Mismo cuerpo. Mismo rostro.

Pero la piel parecía estirada, como si no le perteneciera del todo. Los ojos no parpadeaban.

 

—Vos vivís mi vida —dijo la cosa—. Yo me quedé con lo que tiraste.

 

Dani retrocedió. Tropezó. Lucharon en silencio. No fue una pelea: fue un forcejeo torpe, desesperado, como si el aire mismo se resistiera.

 

El arma cayó al suelo.

 

Vacía.

 

Sirenas a lo lejos.

 

La policía llegó rápido. El otro Dani estaba de rodillas, riendo, señalando una casa cercana. Una ventana rota. Gritos adentro. Una persona muerta.

 

—No fui yo —decía—. Fue él. Siempre fue él.

 

Se lo llevaron.

 

El amigo apareció temblando.

 

—Pensé que te habían matado.

 

Dani no contestó.

 

Esa noche, solo en su casa, se lavó las manos una y otra vez. No había sangre. Nunca la hubo.

 

Cuando se miró al espejo, el reflejo tardó un segundo en imitarlo.

 

Y el celular vibró, boca abajo sobre la mesa.

 

—Ahora me tocás a mí vivir tranquilo.

 

Dani gritó.

 

El espejo sonrió.

 

Escrito por

Dani

17/1/2026

cuento, de terror