Cuando el reloj marca las 12 mi corazón empieza a palpitar, deseando siempre un poco más, anhelando que las armas dejen de disparar y el ritmo cardíaco se pueda estabilizar; el alma se escabulle buscando protección de tantas emociones que amortiguan la razón, buscando desesperada un escape de esta guerra, intentando convencerse de que ella es ajena a todo el dolor que la realidad le provoca, a todo el agobio que enfrenta sin respuesta, pero no importa cuanto lo evite, pues es inevitable y día tras día el ciclo se repite.