ES LA HORA DE LA SIESTA
Después de trabajar
y de comer sobre el bancal,
una piedra grande,
pero nunca una roca,
le sirve de almohadón
para tumbarse a la siesta.
Traga saliva y la mosca
se remueve, cambia de ubicación,
aunque sin abandonar su rostro,
la gorra, las manos
grandes y con el dorso peludo,
las puntas de las abarcas.
Aunque, a veces, también él
se remueva unos segundos
sobre el suelo blando y fresco
para cambiar de postura,
en busca de mejor asiento,
de la única postura idónea.
Y después de un cuarto de hora,
se levanta ya dispuesto
y como si fura otro
hasta acabar la tarea.
Gaspar Jover Polo