Tengo miedo de que, al perderte, mi vida pierda el poco color que le queda.
Porque antes de ti —incluso estando con alguien más— no tenía nada.
El cielo ya había dejado de ser azul,
había perdido su brillo, su vida,
y yo miraba hacia arriba sin sentir absolutamente nada.
Luego llegaste tú.
Mi primer y verdadero amor.
No regresaste el color al mundo
ni volviste el cielo más intenso,
pero sí lo hiciste con mis sentimientos.
Me devolviste el pulso,
la capacidad de sentir,
la vida a un cuerpo que ya estaba muerto,
a punto de ser entregado a los carroñeros
para que terminaran de despedazarlo.
Por eso me duele tanto pensarte lejos.
A la distancia me siento sola,
vacía,
huérfana
y sin casa.
Porque cuando no estás, el mundo vuelve a ser un lugar ajeno.
Pero cuando estoy contigo,
siento que tengo familia,
que tengo paz,
que la ansiedad se va
y que por fin pertenezco a algún sitio.
No sé cómo sentirme.
A veces pienso que soy rencorosa,
otras veces solo estoy cansada de amar tan profundo.
Porque yo no sé irme a medias.
Para dejarte tendría que haberte dado
hasta mi último aliento de vida,
para poder soltarme sin sentir que me arranco algo del pecho.
Sigo de pie, incluso cuando pienso en rendirme,
porque no soy nada si no doy todo de mí.
Y quizá lo que más me duele de pensarte perdido
no es perderte a ti,
sino quedarme sin el hogar
que aprendí a ser cuando estoy a tu lado.