Jhondy Algenys

La Gran Mortalidad

Llegó sin nombre,

sin rostro,

pero con la certeza de un final.

No llamó a las puertas:

las derribó.

Las campanas se cansaron de llorar,

el aire se volvió espeso de despedidas

y la vida, tan frágil,

aprendió a caer en silencio.

Reyes y mendigos compartieron el polvo,

la fe tembló en manos vacías,

y el tiempo, cruel testigo,

contó cuerpos en lugar de días.

La muerte caminó como ley absoluta,

no cruel por odio,

sino justa en su indiferencia.

Su letalidad no gritaba:

cumplía.

Calles llenas de nombres borrados,

hogares con risas ausentes,

y la humanidad, de rodillas,

mirándose por primera vez sin máscaras.

Pero entre la podredumbre del miedo

y el aliento final de millones,

algo sobrevivió:

la memoria.

Porque la gran mortalidad no solo mata,

también recuerda al mundo

que la vida no es eterna,

y por eso,

cada latido

es un acto de resistencia.