Avanzan los silencios,
largos, densos, innumerables,
como una procesión sin campanas
ni banderas que distraigan la verdad.
Caminan despacio,
porque la prisa no entiende el dolor,
porque cada paso necesita
recordar a quien falta.
No hablan,
pero en sus espaldas cargan historias
que el tiempo no logró borrar:
risas interrumpidas,
abrazos que quedaron suspendidos en el aire,
nombres que aún responden
cuando alguien los piensa.
La ciudad los mira pasar
con los ojos bajos.
Las paredes escuchan.
Las calles se vuelven testigos
de una fe distinta:
la fe de no olvidar.
Hay madres que marchan
con la ausencia tomada de la mano,
padres con preguntas que envejecieron,
hermanos que aprendieron
a convivir con una silla vacía.
El silencio se ordena en filas,
no por disciplina,
sino por respeto.
Cada cuerpo es un grito contenido,
cada mirada, un reclamo
que no necesita volumen.
El viento acompaña suave,
como si supiera
que cualquier ruido sobra.
Hasta los pájaros dudan
antes de cantar.
Marchan los silencios
para que la memoria no se duerma,
para que la verdad no se oxide
en archivos cerrados,
para que el pasado no sea una herida negada,
sino una herida nombrada con dignidad.
No buscan venganza,
buscan luz.
No piden lástima,
piden justicia.
Y cuando la marcha termina,
nadie aplaude.
El silencio permanece,
de pie,
mirándonos.
Porque hay silencios
que no callan:
enseñan,
señalan,
exigen.
Y mientras sigan marchando,
mientras alguien camine sin decir palabra
pero con la verdad en el pecho,
la historia seguirá abierta,
esperando respuestas.