Jaime Alberto Garzón

Nadie me empujó

Nadie me empujó.
Eso es lo primero.

La puerta estaba abierta
desde antes de que yo llegara,
pero nadie cruzó por mí.

Había pan sobre la mesa
y una silla vacía.
El gesto estaba hecho,
la respuesta no.

Pude seguir de largo,
como tantas veces,
decir que mañana,
que no era el momento,
que la vida ya estaba llena.

Pero algo insistía
sin levantar la voz.
No como orden,
sino como posibilidad.

Entendí entonces
que el amor no arrastra,
espera.
Que ofrece sin garantías
y confía demasiado.

Ese fue el riesgo:
todo estaba dado,
menos mi paso.

Y cuando entré
—tarde, imperfecto,
sin discursos—
el mundo no cambió de golpe,
pero yo
dejé de huir.