Le tengo miedo al reloj
Le tengo miedo a los milisegundos
De ya no estar en su mente
No habitar su mundo.
De girar la cabeza
Y que todo desparezca
Que le sonría
Y se aleje con ligereza
Clandestinamente lo intente besar
Y que sepa a tristeza
A un refugio arrepentido
Y que él me aborrezca.
Le tengo miedo al reloj
A los días
A las semanas
A no volver a escuchar su voz.
Que suenen las doce
Y se esfume la magia
Que no nombre mi nombre ,
Que encuentre el zapato y lo arroje
Y cada mes que pasa
Sin ver tus expresiones
Sin saber si agonizas
Si ries
O si del dolor te marchitas
Le tengo miedo al reloj
A olvidar tu rostro
A incomodarte
Sin quererlo herirte
Pues Prefiero hundirme en mi dolor
Que ver tus ojos
Con el rocío de madrugadas
Igual que los míos
Sin el halo de los astros
Que me haga compañía
Las pestañas rasguñarte
Pues prefiero prefiero tú imagen nublada
Cuando despierto por la mañana
Saborear la fría almohada
Tan tensa y salada.
Y cuando sale el sol lo odio con pudor
Por no sentir su ausencia
Cómo la siento yo.
Y todos los días por venir
Si son sin ti sin sentido
Prefiero mi corazón sufrido
Que tu son en mi regazo
Si yo he de herirte y ese es el destino.
Pero aflige tanto
Y destruye el alma
Y no encuentro palabras más cultas
Para calmar mi alma
Ni metáforas que lo digan todo
Y que lo expresen sin temor
Pues no me quedan ganas
Para decorar el desamor
Con colores, purpurina
Y adjetivos vacíos
A mí corazón,
Yo una traición
Con falso oro y plata de caparazón
Una cansa presencia y mi sonrisa
Lleno el poema de absurdos versos
Cuento los días
Con el mismo retrato
Y su foto de guía
Para escapar del sentimiento
De las profundas heridas.
Malditos mis años
Aquellos felices enamorados
Maldito el invierno
Maldita la honra
Maldito el destino
Si su trato fue conmigo
Maldito el amor
Y yo de rodillas a su favor
Maldito el desamor
Con certeza lo digo yo
Maldigo a cupido
su flecha y su sino
Maldita sea la vida
Y las cicatriz que deja
Maldito quien me la dio
Y me la quitará enseguida.
Pero seguramente reviviré
Para recoger sus migas
Para decirte que te quiero
Y de vuelta me lo digas
Sonaron las doce
A Cenicienta no le quedan fuerzas
Recorrió todo el reino
sin que tú lo supieras
Empujando el carruaje
Para sentir tu presencia
Malgastando su aliento
Su última esperanza
En el río de la Melancolía
Y de las almas cansas
Yacen sus súplicas
Y las voces desesperadas
Y un fino río se vierte
Lleno de añoranzas
Sobre su vestido de plata
Se cae y se levanta
Sobre sus ropas hechas harapos
Y el zapato que le queda
Se hunde en recuerdos
Cenicienta se desmaya