Temo a la vida cuando finge nombres,
cuando la multitud llega al final.
En vida fui pregunta sin respuesta,
en muerte, curiosidad ocasional.
Brota gente del suelo cuando alguien cae,
rosas tardías de conciencia y rumor;
no vinieron al frío de la fiebre,
pero llegan al silencio mayor.
Nadie supo mi fecha en el calendario,
ni mi nombre temblando de soledad;
mas el día en que cierre los ojos,
habrá pasos buscando mirar.
También vi los afectos con precio,
manos llenas mientras hubo que dar;
cuando el dolor pidió una palabra,
no hubo voz, ni lugar, ni señal.
Por eso quiero irme sin sombra,
sin testigo, sin eco final;
que la muerte confirme lo sabido:
que fui sola al llegar y al pasar.
Deseo entonces el rito del vacío,
tierra directa, sin escena ni luz;
que no me velen miradas ajenas
que nunca en vida velaron mi cruz.
Pero hay un miedo más hondo que el olvido,
más oscuro que no ser llorada al partir:
no saber si el alma queda suspendida
o si alguien la espera para decidir.
Si hay un destino,
que no pregunte nombres;
si hay juicio,
que no pese la voz;
que baste haber caminado en silencio
para merecer algún lugar sin dolor.
Porque más triste que morir sola
es no saber a dónde va el ser;
vivir sin manos y morir sin cielo,
y no saber si al final… hay un después.
Yasuara Melgara