yo abracé al olvido
en los cerros
trabajé
desde el amanecer
hasta que el sol se iba;
con mí mano izquierda
empuñé el cuchillo
y con la mano derecha
me tomé fuerte
del brazo de Dios;
desgarrado
por la hondura
de la soledad,
aprendí
que el infierno
nunca se sacia