«hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo»,
escribió Juan Gelman incontables aguaceros
antes, fundido por las esperanzas y dolores
que le llegaron en su hora de ser hombre,
bajo otra lluvia tan distinta y tan la misma.
Me desperté y escuché esa melodía,
que no solo humedece la tierra,
parece purificar la vida.
También levanta fantasmas del
recuerdo, alzados en el humo que
emerge de las piedras, como perdón,
como consuelo de las tormentas
furiosas de las guerras.
Así, precedido por este pacto maravilloso
y silente de la naturaleza –el cielo ya lloró
por mí–, los quiero recibir sin llanto,
según nos pidió Sara, con un orgullo
y una alegría inmensa, como si en lugar de
recibir un tornado de balas volvieran de
unos Juegos Olímpicos, con su amor
convertido en 32 preseas.
Realmente, no sé si el agua me permita
acercarme a ustedes, hermanos míos,
pero si lo consigo y puedo dejar este poema
junto a los pedazos sueltos, firmes
y aún rientes de sus verdaderas vidas,
sabré que su fuego enciende el sol oculto
tras las nubes que cubren este día.