Esta es la última vez que escribo para ti,
dejaste un hueco enorme en mí.
Te fuiste una tarde,
no pude estar presente cuando partiste.
Veía el cielo
y sabía que estabas ahí,
entre tantas nubes
y tanto llanto te fuiste de mí.
Debo ser sincero contigo
y algo tengo que decirte:
cuando te fuiste
me arrancaste de ti.
No hubo peor momento en todo este tiempo
que el saber que tendrías que volar lejos,
que ahora, para verte,
no iban a bastar cuatro llantas.
Ahora, cada que quisiera encontrarte,
tenía que desprenderme de mí
y volar.
Estúpidamente te fuiste
y yo no hice nada para detenerte,
dejé que te marcharas,
dejé que el odio me cegara.
Te dije cosas
que ni yo mismo puedo pronunciar.
Me avergüenzo de las noches
que no te dejé amar,
que tontamente te decía
que jamás nos íbamos a encontrar,
que al tomar tú esa última decisión
este amor estaba por terminar.
Sin darme cuenta,
eso se fue haciendo una realidad.
Contrariamente a lo que pensaba,
mis acciones te estaban haciendo volar,
y ahora no se trataba de subir a un avión.
No, mi amor,
esto que estaba haciendo yo
te estaba haciendo sentir mal.
Te llenaste de culpa
y hostilidad.
Yo, con todo y lentes,
no te podía mirar.
No podía soportar en mi mente la idea,
la tonta idea
de que tú estuvieras con alguien más,
que todo ese tiempo vacío entre nosotros,
que en todo ese lapso perdido
entre múltiples mensajes,
existiera alguien más.
Esa idea fue creciendo
hasta el punto de explotar.
Eso fue lo último que pudiste tolerar
y, claro, con justa razón:
no tenías que aguantar
a un tipo sin confianza
que por los celos
se estaba dejando llevar.
Mi peor error hasta el momento
fue hostigarte sin cesar,
no darte tu espacio
y de ti empezar a dudar.
Dudaba hasta de la sombra
que te seguía.
No veía con claridad,
no podía verte diferente
sin pensar que algo más estaba pasando,
que algo tramabas.
¿Qué clase de dependencia tan enferma
empecé a desarrollar?
Meses después por fin nos vimos
y no pudimos disfrutar
el tiempo que nos debíamos.
Era una cena normal,
una copa de vino
y tan solo era charlar,
pero esta distorsionada realidad
me tenía enfermo,
cegado,
y lo único que hicimos
fue llorar.
No saboreamos la comida
y mucho menos la compañía
que teníamos que disfrutar.
Nuestros sentimientos
tomaron control de la situación
y entre palabras
nos dañamos uno a uno
sin pensar.
Nunca te quise dañar
y eso hasta la fecha
es algo que no sé
si me voy a poder perdonar.
Una fiesta
en la cual teníamos que bailar,
tomarnos de la mano
y dejarnos llevar.
Nunca me sentí tan solitario
como el tenerte al frente mío
y saber que todo era incomodidad,
que el simple roce de mi mano
te hacía dudar
si el estar conmigo
en verdad era algo
que tenía que pasar.
No me quejo de tu sentir,
me lo gané a pulso,
y con ese mismo pulso
de mi mano
ahora lo estoy sacando de mí.
Es algo que
ya no puede existir aquí.
Esta es una poesía distante,
un sentimiento sin lugar,
una persona que no está,
un corazón roto
queriéndose recuperar,
un beso que jamás te pude dar,
ese abrazo tan querido
que ahora me tengo que llevar.
Este no es el final,
esto solo acaba de comenzar.