Entró sin cadenas ni guardias,
nadie cerró ningún cerrojo;
fue un gesto breve en la pantalla
lo que marcó el primer despojo.
Prometían mundo y ventanas,
rostros, aplausos, horizontes;
y al poco tiempo no miraba
más que reflejos y rumores.
Cada palabra era contada,
cada silencio sospechoso;
si no vibraba el aparato,
algo en su pecho iba roto.
Aprendió pronto la consigna:
mostrarse siempre, nunca hondo;
pensar despacio era pecado,
dudar… defecto vergonzoso.
El día valía en reacciones,
la noche en números rojos;
y el alma, hecha estadística,
pidió permiso para el gozo.
Un día habló sin ser tendencia,
dijo verdad sin megáfono;
nadie escuchó, pero entendió
el peso real de los eslabones.
No huyó rompiendo las paredes,
ni incendió tronos ni logos:
cerró la puerta del ruido
y caminó solo, pero propio.
Desde entonces vive afuera
del conteo y sus protocolos;
sabe que hay cárceles peores
que aquellas hechas con plomo