A veces caen los grandes,
los favoritos, si no están at
entos, si se confían, si el ego
les nace demasiado ancho,
como si en un pedido se equi
vocaran de talla, a veces, no
siempre, es una lotería al fin
y a la postre, y que gane el
que no esperábamos siempre
resulta atractivo, es un acont
ecimiento, y como todo acon
tecimiento que se precie debe
ser un mirlo blanco, una estre
lla fugaz en un cielo ya carente
de estrellas —no solo de las fug
aces—, un cielo pringado por u
na contaminación galopante, p
or unas frases hechas, por unas lexi
calizaciones de aquello que, de n
acimiento, era puro, brilloso, he
rmético a cualquier putrefacción,
y que con el tiempo y el consigui
ente rodillo de la entropía acaba
como todos acabamos —desleídos—.
No siempre caen los pequeños, a
veces un dios —no sé si el dios que
todos tenemos en mente— deja ca
er su redentora mano sobre una ca
lle cualquiera de una ciudad cualqu
iera y da una alegría ya no esperad
a, postrera, innecesaria, cuando tod
a posibilidad de remontar el partido
ha partido de las cabezas de los juga
dores y de la directiva, cuando ya se
negocian a puerta cerrada los traspa
sos y los eres y las quiebras técnicas,
y ya, tarde, cualquier árnica que lleg
a se recibe con una sonrisa de: \"la vi
da, cómo es la vida\"; como aquellos
mangas verdes que siempre llegaban
a buenas horas, a deshoras, y de qui
enes le viene el color de los pupilos de
la Benemérita —que apostrofa, que c
onserva en su entraña esa mala fama—.