¿Enferma otra vez? Si, doctor, me he enfermado de el peor de los males, de la vida misma. Quien me acongoja entre sus aires de realismo y crueldad.
Cargo con un historial más largo que el tiempo mismo, y con una pena tan profunda que compite con el miedo de la humanidad.
Al nacer se me puso un aguijón de abeja justo en la articulación del antebrazo, y sin anestesia. Dijeron que me daría la dosis de penas justa y necesaria para ser como los demás
Mi carne desprende olor a incienso quemado, quemado con la furia de siempre preguntarme, ¿Por qué a mi?
Mis ojos saltan la cuerda tratando de ser más esbeltos qué mi cuerpo, y mi lengua se ayuda sin parar, conteniendo mis respuestas.
Mis manos se enredan con mis piernas, consolando a mi espalda rota y contorsionada, de tanto complacer.
Toso, me quejo, suspiro. Se repite el ciclo. Toso, me muero, revivo. Se repite la agonía.
Hasta el final de mis días abrazo a mi enfermedad, bajo el contrato de un ajeno que se aprovechó de la pureza de mi alma.
Río y suspiro, lloro y sonrió, hago oximorol y prosopopeya a la vez. Al exhalar mi garganta hace un ruido incomodo, que si decido escuchar, se parece a la voz de mis lamentos.
La cama lápida me acuña, me dejo hundir en el colchón hasta que llego a la dimensión de los parásitos, justo donde debía estar.
Me arranco las piernas para caminar a gusto, o mínimo para sentir que estoy esforzándome en eliminar el mal de mi cuerpo.
Respiro y sustancias se forman en mi laringe, saliva, aceite y duelo. Una combinación Triste y necesaria
Me despido de mi agilidad pasajera y duermo en mis reflejos inerte que son controlados a base de una pastilla tan blanca como las pupilas de un muerto.
La pastilla sabe a todo, menos a avance. Toma a la enfermedad y la venera.
Mi voz se quiebra entre las risas de mi alma, que se burla de si misma por no ser capaz de hacer nada.
Incertidumbre y despecho, dos palabras que me vienen a la mente al pensar en mi futuro.
¿Miedo a la muerte? No, siempre ha sido grata compañera, y se que algún día tomaremos el té en una dimensión donde mi cuerpo ya no pese lo mismo que mil cadenas y un titanic.
Cada paso es mas lento, la liebre se adelantó y se quedo dormida al esperar por tanto tiempo que yo sola me levantara.
La luna me dio la espalda, ya ha sufrido tanto que ver mi caso la haría deprimirse aun más.
No puedo hacer nada, avanzará lentamente, consumiendo todo hasta que solo quede un huracán fantasma.
Y, ¿Qué mas da? Si vivi para estar enferma, ¡Que viva la enfermedad!