Adriana Duarte.

RETRATO HABLADO

El trazo se detiene en los ojos, porque ahí comienza todo. 

No son cualquier mirada, guardan la proporción exacta entre fuerza y calma.

Las cejas reposan con naturalidad, dejando que los ojos digan lo necesario.

 

La nariz sigue una línea limpia, sin excesos justa como cada gesto.

Los labios conservan esa forma precisa de quien escucha antes de responder... 

El rostro no busca imponerse, permanece. Hay serenidad, no vacío. 

 

Las manos repiten la misma verdad, firmeza sin dureza, presencia sin dominio.

La voz no se dibuja, pero se reconoce clara, constante, capaz de ordenar el ruido interior.

Todo encaja,  cada detalle encuentra su lugar como si hubiese sido pensado con exactitud. 

 

Y cuando el retrato termina, queda ese dibujo intacto...  

Como si nunca hubiera necesitado ser dibujado.