Sin embargo, entre las novelas internas, jamás escritas, también existe un relato que devino a mi memoria, una mañana cualquiera mientras intentaba tomar el sol para acumular vitamina D. Siendo mi otro yo, el joven, una noche cualquiera, a la salida de El Carey, me topo con un paisaje de otro continente. Una belleza centroeuropea esperando en soledad aquel que nunca iba a venir. Me acerco a ofrecer mis condolencias y me comenta que espera unas amigas con poca esperanza, pero lamentablemente era de Paraná y para el colectivo faltaban algunas horas. Ni lerdo ni perezoso ofrezco convertirme en un asesino a sueldo para aquellas personas que cometieron tan tremenda canallada de dejarla anclada a la nada de esa manera, como la propuesta no prospera, solamente me limito a hacerle compañía. 3 horas de una conversación sin fin, aunque por esta naturaleza, inconclusa. Una pausa en mi vida que jamás olvidaré. Como para no levantar sospechas de mi cariño instantáneo y secreto, no había pedido dato alguno hasta el momento. Es ella, la protagonista de esta historia, quien al ver que el momento de la despedida se aproxima, me pide información de mi paradero para volver a repetir el encuentro. El anzuelo, sutil pero arriesgado, dio sus frutos. Fuimos a una estación de servicio y plasmó de puño y letra su nombre y teléfono (maldito fijo de aquellos años). Sin más subió al ómnibus y se alejó para siempre. La suerte quiso estar partida, mitad en ese micro, mitad en el papel. De regreso a casa, la ilusión no deja de dominarme, mis ojos no pueden descansar en la cama y solamente un dulce sueño, copia de lo acontecido, permite que mi mente repare los pensamientos. A la mañana siguiente, entre resaca y reconstrucciones de acontecimientos, la desesperación se hace dueña del momento. Busco el papel por todos lados, todos los bolsillos, tolos los recovecos de mi desdicha. Nada. Ese trozo de historia se perdió en las calles de Santa Fe, llevando consigo un mar de quimeras y dejando solamente esto, una breve reseña.