El amor juvenil nace sin mapas,
sin promesas aprendidas,
como dos almas jóvenes
que se encuentran
y deciden quedarse sin saber por cuánto tiempo.
Es un amor que no entiende de relojes,
que camina lento aunque el mundo corra,
que se conforma con una tarde cualquiera,
con una conversación infinita
y una risa que parece eterna.
Cuando dos jóvenes se aman,
todo es descubrimiento:
el temblor de la primera mano tomada,
la timidez del primer abrazo,
la certeza ingenua
de que nada malo puede pasar.
Tiene algo del amor antiguo,
de esos tiempos de cartas y esperas,
cuando el silencio también decía te quiero
y la distancia no rompía,
sino que hacía más fuerte el deseo.
No había pantallas,
solo palabras cuidadas,
miradas que hablaban solas,
y un corazón que sabía esperar
sin perder la esperanza.
El amor juvenil es bello
porque no pide explicaciones,
porque ama sin defensas,
porque cree sin dudar,
porque siente sin medir consecuencias.
Muchos sueñan con vivirlo,
con tenerlo aunque sea una vez,
porque cuando los años pasan
y llega la adultez,
el amor cambia de forma,
se vuelve más serio, más cansado,
más consciente del dolor.
Entonces entendemos
que ese amor primero
era un regalo irrepetible,
un instante puro
que solo existe en la juventud.
Por eso hay que vivirlo sin miedo,
cuidarlo como algo sagrado,
guardarlo en la memoria
como una luz que no se apaga.
Porque el amor juvenil
no se olvida,
no envejece,
vive para siempre
en el rincón más sincero del alma.