D. Méndez

Te extraño

Maldita sea, por qué te deseo

de esta forma que no pide permiso.

No es ternura:

es orden.

 

Es mi cuerpo obedeciendo

antes de que lo toques.

Extraño pertenecerte

cuando tu silencio mandaba,

cuando bastaba una mirada tuya

para hacerme bajar la voz,

para saber

dónde detenerme

y dónde no.

 

Extraño ser de ti

como se es de una decisión irrevocable,

como se es de algo

que no se discute.

 

Tu forma de acercarte

siempre fue un aviso,

nunca una pregunta.

Extraño sentirte encima de mí

sin peso,

solo presencia.

Ese control suave

que me desarmaba

más que cualquier fuerza.

 

Extraño tu boca

no por lo que hacía,

sino por lo que prometía.

 

Ese borde peligroso

donde yo ya había cedido

antes de rendirme.

Extraño tu olor

marcándome la piel,

dejándome claro

que aunque me fuera,

aunque negara,

mi cuerpo sabía

a quién volver.

 

Y no te deseo por amor.

Te deseo

porque me enseñaste

lo fácil que es caer

cuando alguien

sabe exactamente

cómo sostenerte

mientras te rompe.