Maldita sea, por qué te deseo
de esta forma que no pide permiso.
No es ternura:
es orden.
Es mi cuerpo obedeciendo
antes de que lo toques.
Extraño pertenecerte
cuando tu silencio mandaba,
cuando bastaba una mirada tuya
para hacerme bajar la voz,
para saber
dónde detenerme
y dónde no.
Extraño ser de ti
como se es de una decisión irrevocable,
como se es de algo
que no se discute.
Tu forma de acercarte
siempre fue un aviso,
nunca una pregunta.
Extraño sentirte encima de mí
sin peso,
solo presencia.
Ese control suave
que me desarmaba
más que cualquier fuerza.
Extraño tu boca
no por lo que hacía,
sino por lo que prometía.
Ese borde peligroso
donde yo ya había cedido
antes de rendirme.
Extraño tu olor
marcándome la piel,
dejándome claro
que aunque me fuera,
aunque negara,
mi cuerpo sabía
a quién volver.
Y no te deseo por amor.
Te deseo
porque me enseñaste
lo fácil que es caer
cuando alguien
sabe exactamente
cómo sostenerte
mientras te rompe.