No fue el fuego.
Fue una fisura en la hora.
La mañana se inclinó apenas
y el mundo perdió equilibrio,
como una frase interrumpida.
La luz dejó de obedecer,
se volvió espesa,
aprendió a pasar sobre los cuerpos
sin tocarlos.
Algo —que no era vidrio ni metal—
atravesó el aire.
Tal vez el miedo
aprendiendo forma.
La muerte no descendió:
rauda penetró por la ventana
y se sentó a esperar
en el centro del día,
paciente
como una ley antigua.
El sonido se replegó.
Las sirenas no advertían:
recordaban.
Y el cielo,
de pronto,
ya no supo qué hacer con los pájaros.
Las casas cerraron su respiración.
El polvo subió
como sube una pregunta
sin respuesta.
Entonces el hombre,
cubierto de ceniza y tiempo,
entendió que vivir
era cruzar
una materia que cae
sin dejar rastro.