JUSTO ALDÚ

UNA LOCA, LOCA HISTORIA DE AMOR (Tercera parte)

No hablaron del viernes.

Ese fue el primer acuerdo tácito, firmado con silencios y cucharitas golpeando tazas. El sábado amaneció educado, casi hipócrita. Anselmo preparó café como quien ofrece un tratado de paz: fuerte, cargado, con espuma artificial de optimismo.

 

—Dormiste profundo —dijo Elena, removiendo sin azúcar.

—Como tronco… sabio —respondió él, con esa sonrisa que usaba cuando mentía poco.

 

Pensó: tronco sí, pero hueco.

Ella pensó: no voy a preguntar… todavía.

 

Elena empezó a notar cosas nuevas, o viejas, que ahora pesaban distinto: el crujido de las rodillas de Anselmo al levantarse, su forma de leer titulares como si el mundo ya no le perteneciera del todo, esa urgencia por sentirse vigente, deseable, joven por decreto. Le dio ternura. Y fastidio. Todo al mismo tiempo.

 

Anselmo, por su parte, empezó a pensar en palabras que antes le parecían ajenas: culpa, tiempo, finales. Se miró las manos: ya no eran promesa, eran archivo. Pensó en Elena caminando sin él, en risas que no conocería, en canciones nuevas donde Black Sabbath no tendría cabida ni como chiste.

 

—¿Tú crees que el amor se gasta? —preguntó él, como quien pregunta por el clima.

—No —dijo Elena—. Creo que se distrae.

 

Silencio.

Touché.

 

Anselmo rio, pero fue una risa con bastón.

—Yo no sirvo para distracciones largas —pensó—. Apenas para intentos breves.

 

Ella lo miró con una mezcla peligrosa: cariño y lucidez. Empezó a aparecerle una voz interna, joven pero cansada, que decía: no soy su enfermera emocional. Y otra, más suave: pero lo quiero. Las dos discutían como vecinas mal avenidas.

 

—No quiero ser tu último intento —dijo Elena al fin—.

—Ni yo tu error temprano —respondió Anselmo, sorprendiéndose de su propia claridad.

 

Hablaron de perdón sin nombrarlo. Del amor como ese animal raro que no siempre sabe en qué edad vivir. De lo que cada uno podía dar sin romperse. No resolvieron nada. Pero algo se acomodó… o se preparó para caerse del todo.

 

Esa noche, Anselmo volvió a mirarse al espejo.

—Sam —se dijo—, o aprendes a amar sin disfraz, o te quedas solo con tus fiestas imaginarias.

 

Elena, en su cuarto, escribió una carta que no terminó. Pensó que tal vez el amor también consiste en saber cuándo quedarse… y cuándo salir sin hacer ruido.

 

La historia siguió, tensa pero viva, como una cuerda afinándose antes del último acorde.

Nada estaba dicho.

Todo estaba a punto de decirse.

 

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026