No puedo escribir más versos.
Mi boca se ha comido las palabras.
Las he rumiado,
tenidas en la punta de la lengua;
pero hace frío afuera,
y el filo de los hielos de otras lenguas
puede cortarlas como cuchillos.
Todos saben qué decir,
pero han desatado el nudo
del corazón
del que penden las palabras.
He caído
en un vacío sin sonido,
y mis lágrimas se callan
de profunda decepción.
Nadie entiende esta ausencia
donde habita el novus homo:
el extraviado,
el de los carteles pegados
en los muros de los barrios,
el brevísimo anuncio
entre comerciales
y música de radio,
en los postreros servicios de la misa,
en el recuerdo de un hermano
y en la oración de otro hermano,
en las palabras de una boca
que repite las mías,
en la articulación
pretérita de mis versos.
En el espacio
que recuerdo como susurro
en mis oídos desgastados.
Todo eso se terminó.
Me he marchado hacia el pecho,
al interior del corazón,
para buscar mi lengua muerta:
mi lengua antigua,
mi lengua primigenia;
las palabras
arrojadas en las fisuras de mi boca
en otro tiempo,
y que hoy sólo puedo hilar
erróneamente.
Las busco a ellas
para hablarles en su propio
lenguaje,
y ver mi rostro
en ese espejo fiel,
verdadero espejo,
donde todo es uno
y no existe más lengua
que la lengua misma
que dicta los símbolos:
el espíritu;
esa luz
que ciega mis ojos
y me arrastra desde las sombras.
Voy hacia el lugar
donde las almas se reúnen
para partir
hacia su destino verdadero:
como antes de Babel.