Ricardo Castillo.

Exilio de la lengua

No puedo escribir más versos.

Mi boca se ha comido las palabras.

 

Las he rumiado,

tenidas en la punta de la lengua;

 

pero hace frío afuera,

y el filo de los hielos de otras lenguas

puede cortarlas como cuchillos.

 

Todos saben qué decir,

pero han desatado el nudo

del corazón

del que penden las palabras.

 

He caído

en un vacío sin sonido,

y mis lágrimas se callan

de profunda decepción.

 

Nadie entiende esta ausencia

donde habita el novus homo:

 

el extraviado,

el de los carteles pegados

en los muros de los barrios,

el brevísimo anuncio

entre comerciales

y música de radio,

 

en los postreros servicios de la misa,

en el recuerdo de un hermano

y en la oración de otro hermano,

 

en las palabras de una boca

que repite las mías,

en la articulación

pretérita de mis versos.

 

En el espacio

que recuerdo como susurro

en mis oídos desgastados.

 

Todo eso se terminó.

 

Me he marchado hacia el pecho,

al interior del corazón,

para buscar mi lengua muerta:

 

mi lengua antigua,

mi lengua primigenia;

 

las palabras

arrojadas en las fisuras de mi boca

en otro tiempo,

y que hoy sólo puedo hilar

erróneamente.

 

Las busco a ellas

para hablarles en su propio

lenguaje,

 

y ver mi rostro

en ese espejo fiel,

verdadero espejo,

 

donde todo es uno

y no existe más lengua

que la lengua misma

que dicta los símbolos:

 

el espíritu;

esa luz

que ciega mis ojos

y me arrastra desde las sombras.

 

Voy hacia el lugar

donde las almas se reúnen

para partir

hacia su destino verdadero:

 

como antes de Babel.