Para quienes han convertido el atardecer en un puerto íntimo, donde las manos son anclas, los labios son cartógrafos, y los cuerpos riman versos sin brújula ni mapas. Porque el amor, cuando es entrega total, no teme al naufragio: lo consiente, lo habita y lo transforma en geografía sagrada, donde cada suspiro corona el encuentro entre la calma del ocaso y el fuego que nunca se apaga.
Para ti, mi Pantera Negra.