No se puede civilizar a los
Pueblos arrasando su
Cultura.
Civilizar no es borrar
Ningún vestigio
Anterior:
Es mantenerlo.
Lo que se entiende viviendo
Siempre se olvida.
Lo que se entiende
Leyendo,
No.
He comenzado en estos días de Navidad a leer Grasa, del escritor e historiador norteamericano Christopher E. Forth y dos semanas después cuenta el periodista Álex Vicente en un artículo suyo, El País 10 de enero de 2026, que la delgadez también tuvo su “Utopía” y que el sacerdote dominico Tommaso Campanella se dedicó a imaginarla durante un tiempo que estuvo encarcelado. Su Ciudad Sol, imaginativamente, era república de virtud (Como Utopía, de Tomas Moro) en la cual hombres y mujeres debían presentarse desnudos ante una magistratura encargada de decidir sus aparentes y decididos actos de apareamientos. La reproducción se convertía así en pura ingeniería social, deduzco hoy. La cuestión era sencilla: Las gruesas con los flacos, y las flacas con los gruesos, ordenó el sacerdote Campanella para que una solución biológica y natural fuera acabando con todos los cuerpos inmoderados. No fue la fantasía aislada de un chiflado. Desde el renacimiento, se lee en Grasa, aparecieron los primeros sueños de Gobiernos intrusivos y determinados a eliminar el sobrepeso de la faz de la Tierra y los manuales para la vida sana y sobria, como, dice Forth, el que firmó Luigi Cornaro en 1563, que prometía longevidad a base de regímenes sanos. Décadas antes de Campanella un tal Nicolo Vito di Gozze propuso cerrar las puertas de las ciudades a las personas gordas y exiliar fuera a los adolescentes muy gordos, todo esto en nombre de la severidad espartana. Dos siglos después de estos hechos y en la Francia revolucionaria, la gordura fue convertida en signo de corrupción; el clero y la aristocracia eran caricaturizados como masas de carne que habían engordado, corruptamente, digo hoy, a costa del hambre del Pueblo llano. Todo esto son conceptos y ejemplos recogidos en el ensayo Grasa, de Christopher E. Forth.