Todo lo que merece la pena
es a largo plazo, que eso del
instante, que tanto se vende
now, es una cantinela para
adormecernos, que eso de que
el momento es lo que cuenta
es una manera de inducirnos
a gastar, a lapidar los granos
de trigo que restan en la desp
ensa, cepillarlos ya, ahora,
now, que el sistema tal y como
está montado no resiste la mod
eración, la contención y todas
esas zarandajas estoicas, budistas,
zoroastristas, que se vierten en la
s ondas indiscriminadamente, now.
Que todo lo que vale la pena se si
embra, día a día, hora a hora, mi
nuto a minuto, segundo a segundo,
décima de segundo a décima de seg
undo, centésima de segundo a centé
sima de segundo..., y que el placer
del momento es una sensación perso
nal, una imaginación, el deber cumpl
ido para con la vida según la filosofía
de cada quisqui, que lo rápido rápido
desaparece, rápido se desgasta dentro
del organismo, rápido se disgrega y
se esparce rápidamente, por la atmós
fera invicta de la nada, del nihilismo.
Todo lo que merece la... aparece
de repente, como por ensalmo, arte
de magia, como si un dios —pero no
el díos de barba y flaco, infecto de he
ridas con los brazos abiertos y las ma
nos apuñaladas, sino uno que no se
ve, que nos gobierna desde lo esenci
al, como el Principito cuando decía
que lo importante no se ve o algo así,
que regula y marca y crea los ritmos
que nos mecen, los circadianos, los f
utbolísticos, los laborísticos y un largo
etcétera— apareciera de repente, se m
arcara un deus ex machina en medio
del holgorio y pusiera a cada uno en
su sitio, o algo así, now.
Solo existe el en este instante, ergo,
solo existe mi escrito, o como quieran
llamarle...