JUSTO ALDÚ

UNA LOCA, LOCA HISTORIA DE AMOR (Segunda parte) El cornudo.

La ocasión llegó un viernes, como llegan las malas ideas: con risas ajenas y alcohol barato.

A Anselmo se le ocurrió —porque a ciertas edades las ocurrencias son deportes extremos— ir a “celebrar con los muchachos”. Nada grave, pensó. Un brindis, dos anécdotas repetidas, tres canciones que ya nadie baila… y de regreso al faro, a Elena, al puerto seguro.

 

Dejó a su pareja en casa con un beso apresurado, de esos que prometen capítulos que nunca se escriben. Elena se quedó con el café enfriándose y una expectativa que bostezaba húmeda en sus entrepiernas. Anselmo, en cambio, salió con la testosterona peinada hacia atrás y el espíritu convencido de que aún era material de fiesta.

 

La celebración se desvió pronto.

Brindaron por la juventud perdida, por los divorcios bien llevados, por las rodillas que ya no responden, pero el orgullo sí. Anselmo bebía como si el reloj estuviera de su lado. Cada trago era una victoria contra el calendario viejo que tanto odiaba. A las dos de la mañana ya hablaba en diminutivos, abrazaba enemigos históricos y juraba que Black Sabbath también se podía bailar lento.

Llegó tarde. Llegó ebrio. Llegó convencido de haber llegado temprano.

Se desplomó en la cama como un héroe derrotado por su propia espada. El mundo giraba, Ozzy murmuraba desde un recuerdo lejano, y entonces ocurrió: el sueño. O la pesadilla. O el castigo poético.

 

Anselmo empezó a escuchar quejiditos. No los de Elena, otros.

Lejanos, insistentes, sospechosamente entusiastas.

En su \"duermevela\" vio sombras, risas apagadas, un fuego que alguien —no él— estaba apagando con pericia y dedicación. Su inconsciente, cruel director de teatro, le mostró a Elena convertida en incendio, buscando fósforos prestados en la madrugada.

 

—Eso no está pasando —balbuceó dormido, con la dignidad de un calcetín viejo—. Yo soy suficiente… creo… mañana…

 

Elena, despierta y silenciosa, lo miró llegar tarde al sueño y temprano al ridículo. No dijo nada. Aprendió, en esa madrugada larga, que algunos faros alumbran, pero no calientan, y que hay fuegos que no esperan jubilaciones emocionales.

 

A la mañana siguiente, Anselmo despertó con resaca, culpa y una intuición peligrosa: algo se había roto mientras él brindaba.

El amor, como los boleros que tanto le gustaban a Elena, no perdona los silencios mal cantados.

 

Y así, entre celebraciones inoportunas, sueños traicioneros y fuegos ajenos, la loca, loca historia de amor empezó a reírse de ellos… Sobre todo, de Anselmo, que aún no entendía que no todo lo que brilla en la noche es una fiesta.

 

Continuará…

 

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