La madurez no nace de la vejez.
Crece con paciencia
como la lluvia que llena un océano.
El hecho de madurar es
haber aceptado todo:
lo bueno y lo malo,
y dejar que la corriente fluya.
La madurez es cultivar un jardín.
Habrá días que lo cuides,
días en que el sol fortalezca tus plantas,
y días en que la lluvia las ahogue.
Pero lo único necesario es no rendirse,
y seguir haciendo que crezcan.
Así, con el tiempo constante,
ese cuidado hará florecer
flores de conocimiento,
flores de disciplina.
Por eso la madurez
no es haber vivido mucho,
sino haber tenido la paciencia
para cosechar un jardín vasto.