Jesus Armando Contreras Nuñez

La camilla

Yo creía
que el corazón se blindaba.
Que bastaba la fuerza,
la juventud,
esa mentira limpia
que uno se dice
antes de aprender.

Nació con un solo riñón.
El otro era un error silencioso:
quistes donde debía haber futuro,
una segunda barriga creciendo
sin pedir permiso.

Vivimos con ella dos meses.
No esperando:
apegados.

La vi crecer.
Aprendí su peso en los brazos.
Ahí empezó todo.

La operación estaba prevista.
Pero nada prepara
para el día exacto
en que el mundo te avisa
que va a romperte.

Tenía dos meses.
Frágil.
Hermosa.
Demasiado pequeña
para entender
por qué unas manos extrañas
la desvestían del mundo.

Le pusieron la bata.
El gorro.
La acostaron en la camilla.

Lloraba.
No gritaba.
Lloraba como lloran
los cuerpos que aún no saben
defenderse.

La camilla se alejó.
No rápido.
No lento.
Exacto.

Lo suficiente
para que yo entendiera
que no iba a poder seguirla.

Ahí se quebró algo.
No con ruido.
No con golpes.

Como la porcelana
al caer desde lo alto:
sin negociación.

Yo quedé de este lado.
Ella se fue vestida de quirófano.

Pasaron horas.
El tiempo dejó de medir.
La clínica se llenó de llanto.
No sé si el mío era el más fuerte.

Solo sé
que no había palabras
que sostuvieran ese espacio.

Han pasado quince años.
Mi hija vive.
Creció.

Pero la imagen
no envejeció conmigo.

Sigue ahí:
una camilla,
una bata demasiado grande,
y una niña alejándose de sus padres
sin saber
que ese momento
iba a quedarse
para siempre.

Jesús Armando Contreras.