PROEMIO
Sentado en el techo
los palomos parten
hacia sus nidos.
A lo lejos, las nubes
vienen echando tiros.
Comienza a llover y
taciturno e inmóvil,
la lluvia me peina
los cabellos.
Me siento uno con la lluvia
como rana sobre la hoja.
En las manos llevo mi destino:
Tengo el iris albino.
LA CASA DE LOS PÁJAROS
Día de primavera, amanece y ya hay pájaros desayunando. Se asoman los cigarrillos por la tapa abierta y la Bialleti. Me levanto, me estiro y me rasco la espalda. Miro con condescendencia a los bártulos intersticiales. Abro la puerta y salgo al jardín a respirar el aire de los árboles. Planeo con el aire, danzo, me tomo de las manos con mi perro y damos vueltas juntos, le lanzo una cuerda al Sol, y ahí lo tengo suspendido como cometa. Mientras tanto, me vuelvo capitán, bajo las velas y el ancla de las nubes que han venido desde las antípodas. De lejos escucho como una gran maquina matutina comienza a trabajar, y no se detiene hasta pasada la tarde. Yo, en mi oficio de poeta, me siento como un reptil que ha mudado la piel por otra de innumerables ojos. Siento un aire tibio y amable que me sacude como a las hojas.
La tinta me llama como a mi sangre. Le pregunto y le hablo de cosas que se me han ocurrido. Enciendo la radio, me remango la camisa y preparo la masa mientras se escuchan silbar los hervores diurnos [yo los acompaño]. Me siento a la orilla de la cama como quien recién llega a un nuevo sitio, queriendo pensar algo grande, más grande... miro a la ventana que comienza a desfigurarse policromaticaticamente hasta volverse un negativo fotográfico.
Me descalzo, me unjo de la tarde, me volteo. Hurgo entre mis bolsillos y me brotan pajaritos muy chiquitos. Me llenan de serenatas como cajitas musicales. Me enternezco y busco una lupa que agrande el iris de mis ojos. Me vivo de la risa, y continuo en la sombra que me abraza como sotana.
[...]