Por la mañana Sinuo me propuso dar un paseo por el bosque, y acepté la petición. Me atengo a las consecuencias. El bosque era oscuro y me daba mucho miedo. Aunque al principio me divertí bastante jugando al escondite con Sinuo. Luego me harté de jugar y lo llamé a gritos. Él no apareció. Me perdí en el bosque buscándolo sin resultado alguno. Encontré sus huellas en una parte en la que el barro cubría el camino y seguí su rastro. A lontananza se abría una cueva como la boca de un gigante. Temí que él me estuviese esperando allí dentro, porque ese lugar me daba todavía más miedo que el resto del bosque. Allí dentro estaba tan oscuro que no alcanzaba a ver mis pies, que seguían avanzando lentamente. A la larga me vi inmersa en un red de pasadizos escavados en la roca. A decir verdad había poca luz, pero algo era, aunque no pude cerciorarme de cual era su procedencia; era como un halo fantasmal, como una nubareda luminiscente de esas que aparecen a veces en las películas de terror. Estuve dando vueltas sin rumbo y sin encontrarle un sentido al absurdo juego de Sinuo, hasta que oí su voz, cuyo eco fué apagándose a medida que iba acercándome a su origen. Lo encontré en una sala circular iluminada por un montón de velitas dispuestas al azar por el suelo. Este es mi refugio secreto, bienvenida seas, dijo. Me sentí maravillada, aunque todavía me latía aceleradamente el corazón presa del susto previo. Supuse que él querría hacer el amor conmigo en ese sitio especial y empecé quitarme la ropa; primero los tenis, segundo los pantalones... Y entonces él me detuvo preguntándome: pero qué estás haciendo, hace calor aquí, pero tampoco tanto, además aún no has visto la cama que he improvisado, que está en aquel rincón a tu espalda. Me entristecí, o casi, porque creía que lo conocía mejor. Quizás simplemente soy demasiado impulsiva. Pero antes de acostarnos, ya que veo que tantas ganas tienes de hacerlo, te voy a mostrar algo que encontré el otro día en estos pasadizos, mira... Y puso en el suelo ante mí una espada antigua y oxidada. La encontré clavada en una roca, como Arturo. Pude extraerla concentrándome a tope. A que es bonita, bueno, de todos modos tú eres más bonita y además no estás oxidada. Mis articulaciones si lo están fruto de la caminata, le contesté riendo. Posteriormente nos acostamos y estuvimos hablando un rato sobre cuanto nos amamos, una de esas conversaciones cursis y estereotipadas que son la verguenza de las parejas. Y el caso es que, a pesar de lo agotada que me sentí después de hacer el amor, no conseguí conciliar el sueño ni un mísero instante. Sentía como si la roca en la que estaba escavada la red de cuevas pesara sobre mí, algo similar a lo que debe sentir un buzo bajo muchos metros de mar cuando advierte que se le termina el oxígeno y comienza a dolerle la cabeza por la presión del agua. Sin embargo Sinuo dormía como una roca, nunca mejor dicho, casi parecía formar parte del paisage; ésto lo pensé y me estuve riendo sola un rato, cosa que me alivió bastante, pero durante poco tiempo. Luego pasó lo que pasó. Desde donde estaba acostada veía la entrada de la sala circular donde nos hallábamos como un cono negro del tamaño de una persona, pero de repente el cono se iluminó en azul y luego cambió a un color indefinible, que no había visto jamás. Desperté a Sinuo agitándolo sin hacer casi ningún ruido, y le expliqué mediante lenguaje gestual que alguien debía haber entrado en la cueva detrás de nosotros. Él me agarró de un brazo y me desplazó a un rincón que formaba ángulo en uno de los lados de aquella sala, y en ese penoso escondite permanecimos acurrucados mientras escuchábamos esperando oír el sonido de los pasos del intruso. A causa del pavor ambos a la vez perdimos la consciencia y caímos desplomados como pesos muertos. Cuando despertamos estábamos fuera de la cueva, y el Sol relampagueaba despedazando una enorme nube que apenas se le resistía y de la que caían unas nimias gotas de lluvia fría que nos ayudaron a despertar del todo. Volví la vista hacia la cueva, pero ahora no existía en absoluto, pues donde estaba la entrada había un enorme peñasco que es imposible que apareciera ahí de un día para otro. Con lo cual tuvimos material para deliberar y obtener la conclusión final de que habíamos compartido un sueño. Le achacamos la responsabilidad de lo vívidamente vivido a un milagro de amor