La ausencia empezó antes de que me faltara.
Un corrimiento del aire,
una luz que dejó de insistir.
Una sílaba menos en alguna palabra.
Y el mundo siguió, claro. Siempre sigue.
Aunque ella se fuera como la noche
cuando ya no quedan
sombras que la precisen.
Tenía un pedazo de luna en la voz,
y los ojos como de una verdad
dicha demasiado tarde.
Cuando el tiempo nos llamó a un costado
ella entendió,
como siempre, antes que yo.
A veces la extraño,
pero no con nostalgia pedregosa.
La extraño con gratitud.
Y siempre, cuando su recuerdo vuelve
en cada crepúsculo
que se apoya sobre el mundo,
ronda un perfume que no es el suyo
pero que se le parece bastante.
Y el olvido, que tampoco puede tocarla,
se sienta a mi lado
y nos quedamos mirándola.