Al acercarse a mí
usted notará cierta aura
que suele ser fascinante.
Es lo que sobra
del desconcierto de mi interior,
lo que brota por medio de mi silencio
y fija mi mirada
en un lugar
que para usted no existe,
pero en mí
está más que latente.
De ese lugar nace eso
que, a lo mejor,
usted encuentra interesante.
La sonrisa es falsa,
no la crea de a muchos;
solo que cuenta
con la extensión suficiente
para parecer genuina.
Mi tono y mi ritmo al hablar,
al principio,
son lentos,
buscando con cuidado las palabras.
No por planeación,
no por intenciones;
es más la inseguridad
de que brote alguna sombra,
alguna bruma
de lo que me invade.
¿Sabe?
En mis pasos encontrará
una seguridad parsimoniosa
que va dejando atrás
fragmentos de las memorias
que más me duelen
y los restos
de las preguntas
que más que asustan,
a las cuales voy desmenuzando
con la intención de erradicar.
Pero lo que consigo
es dejar esos pequeños restos,
que se van sembrando,
preparándose para germinar
un nuevo interrogante.
Créame cuando le hablo,
pues la sinceridad
viene con el dolor.
Míreme a los ojos:
los hallará sinceros.
Nada es más transparente
que un alma solitaria
que no sabe
que ama el dolor
a base de costumbre.
Siéntese un rato y hable,
puesto que los lastimados
que sonríen
saben más que nadie
cómo escuchar,
porque saben de empatía,
de tanto desearla.
Léame.
Luego olvídeme.
Entonces sabrá
que regresaré a su mente
con toda seguridad.