El Cronista sin puerto
Morir no interrumpe nada.
He visto a la muerte desde niño,
creciendo a mi costado en calles mudas,
en una ciudad que sangra a diario
como si el dolor fuera costumbre antigua.
La he visto de cerca, demasiado:
en pólvora partiendo el aire en dos,
en cuerpos que se caen sin despedida,
en gritos que no encuentra la razón.
He visto a la gente huir con miedo,
manos temblando al borde del temblor,
madres rompiéndose en silencio,
frente a un suelo que no aprende a rezar.
He sentido el cemento en la cara,
el cuerpo hecho sombra en la acera,
esperando que el plomo se canse
de buscar un pecho cualquiera.
Me confundieron con otra silueta,
me pusieron el hierro en la frente,
y en mi barrio estar vivo
es apenas
un descuido
de la muerte.
Desde entonces camino despierto:
el frío ya sabe mi nombre.
No hizo falta disparar;
algo quedó apuntándome
para siempre.
Cronista de esquinas que no perdonan.
Corre, cronista, no mires atrás,
la calle no absuelve testigos vivos,
el barrio escribe su historia
con sangre fresca sobre el asfalto frío.
He visto a los niños correr sin juego,
no tras un balón ni una canción:
corren por salvar la vida
antes de aprender qué es el amor.
Corren con la infancia rota,
rodillas llenas de polvo y temor,
ojos que aprenden demasiado pronto
cómo se sobrevive al horror.
La muerte camina sin prisa
por calles donde el silencio manda.
Nadie pregunta.
Nadie señala.
Nadie hace nada.
Corre, cronista, corre y escribe,
antes que el miedo cierre el barrio,
antes que la sangre sea paisaje
y la costumbre borre la verdad.
Y entonces llueve.
La sangre se va con el agua.
En el barrio
morir
ya no interrumpe nada.
Corre, cronista, corre.