EL OJO MAYÚSCULO Y EL RITUAL DE LAS GUACAMAYAS
Parábola del encuentro y la sanación.
Cuando a Él lo nombraron por unanimidad como el Ojo Mayúsculo de los Encuentros, el aire de la plaza se espesó con un silencio de ámbar. No era un cargo de mando, sino de visión; debía ser el nervio óptico de una tribu que había olvidado cómo mirarse a la cara. Desde lo alto, las guacamayas comenzaron a otear con ojos dadivosos las estelas del poniente, mientras acicalaban sus alas polvorientas y retiraban de la plaza el moho de las concupiscencias.
Él, revestido con una túnica de reflejos, tomó el Libro Sagrado de los Abrojos, cuyas páginas de fibras punzantes escocían al tacto. Con un gesto entre la irreverencia y la bendición, lanzó a \"los ellos\" su escupitajo de salvación: un arco de cristal líquido, una humedad bendita que voló sobre la multitud. Al contacto con la piel, el fluido floreció en colores imposibles —violetas eléctricos, verdes de selva virgen—, transformando la masa monocromática en un jardín vibrante.
Mientras tanto, con la maestría de sus gentiles patas, las guacamayas apartaban la hiedra venenosa de las angustias. Entre el canto y el último rap de moda que retumbaba en los muros, ellas masticaban el fango para la sanación de las desventuras, intentando aliviar los dolores estomacales de una ciudad herida por el desprecio.
El equilibrio se tensó cuando \"los nadie\", sombras adheridas a los muros, notaron que el Ojo Mayúsculo se rehusaba a parpadear. Su pupila se dilató hasta que los vigías y consejeros vieron en ese espejo de obsidiana no su sabiduría, sino el frío y el olvido de los desposeídos. Sus monóculos de cuarzo estallaron, convirtiéndose en prismas sobre el barro.
El cotorreo ensordecedor de las aves parecía anunciar el juicio: «Las guacamayas son sabias y hacen su incesante repicar de campanas».
¡Ya vienen, ya vienen! Ellas olisquean el desaliño de los tiempos. Pero el Ojo Mayúsculo, comprendiendo que su labor de espejo había concluido, decidió al fin cerrar sus párpados. Su descenso trajo una penumbra fértil donde las jerarquías se disolvieron y las manos empezaron a buscarse a ciegas.
Las guacamayas se alejaron hacia el soliloquio de los delirios. Se fueron, se fueron... guardando para siempre en sus repiques de campanas el silencio de las mismas palabras. El Ojo se había cerrado para que, por primera vez, los hombres pudieran abrir los suyos. Y en el cielo de Pereira, queda la pregunta: ¿Revelarán alguna vez estas aves el secreto de sus voces, o es el silencio la única raíz común que nos queda?
Racsonando Ando ( Oscar Arley Noreña Ríos)