Te amo tanto y tanto es lo que te recuerdo; en la casa, en el trabajo, en el silencio, en mi cuerpo.
Me quisiste tan mal y tan poco, sin embargo, fue tan significativo que no podré separar jamás quién fuiste, más allá de lo que yo creí, y de lo que hiciste en mí, que cada día es más terrible y menos liviano, porque aunque ambas ideas se contradigan y ni siquiera se expliquen, es la manera en la que mi ser, mi alma, mi esencia, mi todo y nada absolutos eligen recordarte.
Por supuesto, ya no podré decírtelo, tampoco reír mirándote a los ojos ni mucho menos incendiar mi piel con tu saliva que podría ser lava...pero sí puedo escribirlo, escribir hojas enteras, dobles, grandes, chicas, sucias. Todas y cada una con la esperanza de que sean las últimas, de poner un punto que sea final y tenga conclusión, de sacarte para siempre de mis ideas y dejarte postergado en cualquier papel hasta que algún día ordenando la casa, alguna tarde aburrida o alguna noche desesperada encuentre ese vestigio homogéneo de lo que fueron un árbol y un amor y recuerde al leerme lo valiente y tonta que fuí al amarte y al dejar de hacerlo.