JUSTO ALDÚ

RENÉE NICOLE GOOD: CUANDO LA NIEVE DISPARA Y LA CONCIENCIA NO DUERME

Imagen tomada de la web

Hay muertes que no pertenecen al día en que ocurren. Se desprenden del calendario y pasan a formar parte de una geografía moral. La de Renée Nicole Good es una de ellas. No porque haya sido famosa, ni poderosa, ni símbolo prefabricado, sino porque su final desnuda una verdad incómoda: cuando el Estado dispara sin escuchar, la civilización retrocede siglos en segundos.

 

Quién fue Renée Nicole Good

Renée Nicole Good nació en Colorado, Estados Unidos. No se tiene constancia pública de un cambio legal de nombre; escribió y vivió bajo el mismo con el que hoy se la recuerda. Fue poeta, escritora, madre de tres hijos y esposa. Ejercía la literatura no como ornamento, sino como forma de respiración.

Había llegado recientemente a Minneapolis, Minnesota, junto a su esposo, buscando estabilidad, comunidad y un nuevo comienzo. Minneapolis: la misma ciudad que años atrás fue epicentro del grito Black Lives Matter, la misma que parecía aún no haber terminado de aprender a escuchar.

Renée se formó académicamente en literatura inglesa y, durante su etapa universitaria, obtuvo el Premio de la Academia de Poetas Estadounidenses en 2020, reconocimiento que no se concede por militancia ni por ruido, sino por rigor y sensibilidad.

 

Su trabajo aparece citado y preservado en On Learning to Dissect Fetal Pigs, un texto colectivo y académico donde la escritura se cruza con el cuerpo, la ética y el aprendizaje. Allí, Renée no es una nota al pie: es una voz que observa, piensa y siente.

 

La mañana en que la ley apretó el gatillo

El 7 de enero de 2026, tras dejar a su hijo menor en la escuela, Renée se encontró con un operativo de ICE (Immigration and Customs Enforcement) en una calle residencial de Minneapolis. No era el objetivo de la redada. No tenía antecedentes criminales. No portaba armas.

Lo que ocurrió después está fracturado en versiones.

La versión oficial sostiene que Renée intentó embestir con su vehículo a los agentes, lo que habría motivado un disparo en “defensa propia”.

La versión de vecinos, familiares y testigos contradice esa narrativa: afirman que Renée intentaba retirarse, que no hubo amenaza real y que la respuesta fue inmediata y letal. Recibió tres disparos en la cabeza. Fue trasladada al Hennepin County Medical Center, donde falleció horas después.

La hora exacta de su muerte no ha sido difundida con precisión quirúrgica. Tal vez porque incluso el tiempo, ese día, prefirió guardar silencio.

 

La maquinaria del poder y sus defensores

Desde sectores gubernamentales y conservadores se respaldó sin matices la actuación del agente. El presidente Donald Trump defendió públicamente el operativo y la política migratoria que lo sustenta, insistiendo en la necesidad de “mano dura” y control.

Pero la dureza, cuando pierde proporcionalidad, deja de ser política y se convierte en brutalidad administrativa.

 

La respuesta del mundo literario y civil

Las plataformas literarias, universidades, colectivos de escritores y lectores reaccionaron con rapidez y dolor. No solo por la muerte de una poeta, sino porque se trató de una ciudadana estadounidense asesinada en un contexto de política migratoria radicalizada.

Vigilias, protestas, textos, editoriales y una masiva recaudación solidaria para su familia brotaron dentro y fuera de Estados Unidos. El mensaje fue claro: esto no es normal, y no debe serlo.

 

Derechos humanos: de Roma al presente

Conviene recordarlo sin eufemismos: los derechos humanos no nacen con la ONU, ni con los tratados modernos. Son más antiguos que las banderas actuales. En la Roma clásica, aun con todas sus contradicciones, ya se establecían principios que hoy llamaríamos fundamentales.

 

Cuando un individuo adquiría el estatus de hombre libre, se le reconocía como:

 

Homo liber — hombre no sometido a arbitrariedad.

 

Civis Romanus sum — fórmula que implicaba protección jurídica frente al poder.

 

Audi alteram partem — “escucha a la otra parte”, base del debido proceso.

 

Nemo inauditus damnari debet — nadie debe ser condenado sin ser oído.

 

Salus populi suprema lex est — la seguridad del pueblo como ley suprema, nunca como excusa para matar sin control.

 

Estos principios atraviesan los siglos y llegan hasta instrumentos modernos como la Convención Americana sobre Derechos Humanos, cuyos artículos 4 (derecho a la vida), 7 (integridad personal), 8 (debido proceso) y 25 (protección judicial) entran en conflicto directo cuando el uso de la fuerza estatal es inmediato, irreversible y discutible.

 

Es cierto: Estados Unidos no ha ratificado dicha Convención. Pero eso no extingue su vigencia moral. Los derechos humanos no dependen de firmas, porque son universales, inalienables, indivisibles y anteriores al Estado. No los concede un gobierno; los reconoce… o los viola.

Es bueno recordar que donde hay reconocimiento de estas convenciones existe el Control de Convencionalidad que es la obligación de todas las autoridades de un Estado de asegurar que sus actos y normas internas (leyes, reglamentos, jurisprudencia) sean compatibles con la Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH) y la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), funcionando como un mecanismo de protección de derechos humanos a nivel nacional, similar a un control de constitucionalidad pero usando como parámetro los tratados internacionales de derechos humanos.

Desafortunadamente las grandes potencias y ciertos Estados dictatoriales, se burlan de ellos y los ignoran tergiversándolos, pero están diseñados para la convivencia en paz de todos los seres humanos.

 

Mi opinión JUSTO ALDÚ

Desde una mirada literaria y ética, las políticas migratorias impulsadas y defendidas por Donald Trump no solo resultan desproporcionadas, denigrantes y discriminatorias, sino peligrosamente simplificadoras. Reducen seres humanos a expedientes y operativos a estadísticas.

Respetar la soberanía de los Estados es necesario. Avalar políticas que chocan frontalmente con los derechos humanos, no lo es. Cuando la ley deja de proteger la vida y se convierte en justificación de la muerte, la democracia empieza a escribir su propia distopía. Hoy por ejemplo, los noticieros reproducen amenazas de los EEUU de intervenir en IRAN, para defender a los protestantes que están siendo reprimidos en las calles y no descarta una intervención armada, pero no reconoce la brutalidad de sus propias fuerzas a nivel interno de los EEUU ¿Dónde está la coherencia? Lo ancho para ellos y lo angosto para otros. 

 

Minneapolis: la ciudad que vuelve a temblar

No es casual que esto ocurra en Minneapolis, Minnesota. La misma ciudad donde el mundo vio morir a George Floyd. La misma donde las calles aprendieron a hablar en pancartas, rodillas en tierra y noches sin sueño.

La muerte de Renée Nicole Good reactiva una herida que nunca cerró del todo.

 

Conclusión

Se dirá que fue un error. Se dirá que fue un procedimiento. Se dirá que fue inevitable.

Pero el mundo entero no podrá dormir tranquilo mientras un convicto gobierne una potencia nuclear desde la Casa Blanca, legitimando políticas donde el gatillo es más rápido que la escucha y el uniforme pesa más que la vida.

Renée Nicole Good no es solo un nombre. Es una advertencia.

Y las advertencias, cuando se ignoran, regresan convertidas en historia.

*Artículo exclusivo para diarios y revistas que tienen los derechos. Si desea citarlo o publicarlo en otro foro consulte primero al autor.

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026.