Me niego a clausurar mis sentidos o a silenciar lo que amo. Elijo la persistencia del sentir, incluso si en dolor se manifestara. Mi identidad es un ciclo, una mudanza constante que florece en cada verano, aceptando la hermosa condena de lo efímero. Porque la impermanencia es nuestra única constante: nada, ni el quebranto ni la existencia misma, tiene vocación de eternidad.