Estanislao Jano

¿Dónde está el espíritu? - Ensayo - Capitulo 2

 

Capítulo 2: El espíritu del hombre según la Escritura

 

Si el capítulo anterior partía de un hecho innegable —la existencia del yo subjetivo—, este capítulo da un paso decisivo: mostrar que la Biblia no solo reconoce ese “alguien interior”, sino que lo nombra con precisión. No lo diluye en metáforas, no lo confunde con funciones del cuerpo ni con estados emocionales. Lo llama espíritu del hombre.

 

1. Un texto clave: 1 Corintios 2:11

El apóstol Pablo escribe:

“¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.”

(1 Corintios 2:11)

Este pasaje es fundamental por varias razones.

Primero, porque reconoce una interioridad real. Pablo no dice “los pensamientos del hombre”, ni “la mente del hombre”, ni “el cerebro del hombre”. Dice lo íntimo del hombre. Y afirma que ese ámbito íntimo solo puede ser conocido por el espíritu del hombre.

Segundo, porque establece una analogía clara:

– así como el espíritu del hombre conoce lo íntimo del hombre,

– el Espíritu de Dios conoce lo íntimo de Dios.

Esto implica que el espíritu humano no es una cosa, sino un alguien capaz de conocer, de saberse y de relacionarse.

 

2. El espíritu no es un objeto, es un sujeto

La Biblia nunca presenta el espíritu como un órgano, ni como una energía impersonal. Lo presenta como el sujeto interior de la persona.

Por eso, cuando se habla de conocimiento, de discernimiento, de arrepentimiento o de relación con Dios, el lenguaje bíblico apunta siempre hacia el interior:

“El espíritu del hombre es lámpara del Señor,

la cual escudriña lo más profundo del corazón.”

(Proverbios 20:27)

Aquí se dice algo muy fuerte:

el espíritu del hombre no solo existe, sino que es el lugar donde Dios ilumina, donde examina, donde se revela la verdad interior.

No se trata de una función automática. Se trata de una interioridad viva, abierta a Dios.

 

3. Espíritu y vida interior

Cuando la Biblia habla del espíritu humano, lo vincula directamente con la vida interior real, no con teorías abstractas. Por ejemplo:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz… y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”

(Hebreos 4:12)

Los pensamientos y las intenciones no flotan en el aire. Alguien los piensa, alguien los alberga, alguien los decide. Ese alguien es el espíritu del hombre.

Esto explica por qué la experiencia moral es siempre personal. La culpa, el arrepentimiento, la conversión o la paz interior no pueden delegarse. Ocurren en el espíritu, en el yo subjetivo.

 

4. El espíritu como lugar de relación con Dios

Jesús mismo lo afirma con claridad:

“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”

(Juan 4:24)

Esto es decisivo.

Si Dios es Espíritu, la relación con Él no puede reducirse a lo externo: ritos, palabras, lugares o gestos. Todo eso puede acompañar, pero el encuentro real ocurre en el espíritu del hombre.

Por eso Jesús insiste en la oración interior, en el diálogo silencioso, en la fe que nace desde dentro. El que ora, ora desde su espíritu, desde su yo más profundo.

 

5. Espíritu, conciencia y experiencia

Aquí es importante aclarar algo con cuidado. La Biblia no utiliza el término “conciencia” en el sentido moderno, pero describe perfectamente su función. La conciencia —el darse cuenta, el saber interior— ocurre en el espíritu.

Cuando una persona se examina, cuando discierne entre el bien y el mal, cuando siente paz o inquietud interior, no es el cuerpo el que hace eso. Es el espíritu del hombre actuando en su interior.

Por eso Pablo puede decir:

“Mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo.”

(Romanos 9:1)

La conciencia no es autónoma ni autosuficiente. Está vinculada al espíritu, y el espíritu, a su vez, está abierto a Dios.

 

6. Un punto clave para el ensayo

A esta altura podemos afirmar algo con claridad, sin forzar el texto bíblico:

El yo subjetivo que experimentamos desde dentro

corresponde a lo que la Escritura llama espíritu del hombre.

No es una invención moderna.

No es una metáfora poética.

No es una hipótesis científica.

Es una realidad reconocida por la Biblia, sin la cual no se entienden ni la fe, ni la moral, ni la oración, ni la relación personal con Dios.

En el próximo capítulo abordaremos una distinción que suele generar confusión: la diferencia entre espíritu y alma, y por qué esa diferencia no es un tecnicismo teológico, sino una clave para compre

nder quiénes somos y cómo vivimos delante de Dios.