Soñé con dos risas cruzándose en el patio,
con pasos pequeños persiguiendo pasos grandes,
con un hermano enseñando al mundo
a quien recién aprende a nombrarlo.
Soñé con juegos compartidos,
con travesuras que terminaran en abrazos,
con tardes largas donde el tiempo
se quedara quieto solo para mirarlos.
Pero el destino escribió distinto,
no fue injusto… solo fue silencioso.
Cuando uno tenía sueños de niño,
la otra apenas comenzaba a soñar.
Catorce años separan sus manos,
dos años apenas caben en mis brazos,
y entre ambos hay un puente invisible
que en la realidad nunca pude cruzar.
Me duele no haber visto
al mayor cuidar, reír, enseñar,
ni a la pequeña correr hacia él
como si el mundo fuera solo jugar.
Me queda la nostalgia,
esa que no grita, pero pesa,
esa que vive en los “hubiera”
y en los abrazos que no llegaron.
Aun así, los amo en el mismo latido,
aunque sus infancias no se tocaran,
porque en mis sueños —y en mi corazón—
siguen jugando juntos,
riéndose sin tiempo,
abrazándose sin distancia.