No sé si es raro o lindo
el ya no extrañar a nadie.
Solo sé que ya no siento
el mismo afecto
por las personas
que alguna vez amé.
Es triste, agobiante y confuso.
Y, a la vez, es tranquilo
saber que ya no me atormenta
la “presencia” invisible
de alguien que ya no está,
o que ya no quiere
que yo esté.