En el corazón del Reino de Liria, donde los ríos cantaban himnos antiguos y los árboles susurraban secretos al viento, gobernaba el Rey Jorge, un monarca sabio y justo. Su corona no brillaba más que su mirada, y su trono no era más alto que su humildad. Tenía cuatro hijos: dos varones y dos niñas, cada uno con un don que parecía arrancado de las estrellas.
El mayor, Elian, era un joven de mirada profunda y espíritu inquieto. Su hermano menor, Cael, tenía una risa que encendía los días nublados y una mente tan aguda como el filo de una espada. Las niñas, por su parte, eran como la aurora y el crepúsculo: Liora, la mayor, danzaba con la gracia de los sauces, y su hermana menor, Nyra, hablaba con los pájaros y hacía florecer las piedras.
Un día, cuando el sol se escondía tras las montañas de ónix y el cielo se teñía de púrpura, una joven plebeya llegó al castillo. No traía escolta ni joyas, solo un cuaderno de cuero gastado y una voz que parecía hecha de viento y fuego. Se llamaba Anira, y era poeta.
Pidió audiencia con el rey, y aunque los consejeros fruncieron el ceño, Jorge, curioso, accedió. En la sala del trono, Anira se inclinó con respeto y, al alzar la vista, dijo:
Majestad, vengo sin oro ni linaje, pero con versos que arden como brasas. He soñado con su estirpe, y en mi sueño, una voz me dijo:
\"Tus dos niños son estrellas,
Y tus dos niñas son rosas.
Yo sería un cielo para tus estrellas,
Y un jardín para tus rosas.”
El silencio se hizo denso como la niebla. El rey, conmovido, pidió que continuara. Anira habló de visiones, de un reino que sería salvado no por la espada, sino por la palabra. Habló de una amenaza que se cernía desde el norte: la Sombra de Varnak, un antiguo espíritu que devoraba la memoria de los pueblos,aquel ente temible, que borra el linaje, El legado y la era de las culturas con su manto de olvido.
—Amado Rey, en muchas ocasiones, una nación no sólo es destruida con fuego, una nación, un reino, puede ser derrotado si las gentes olvidan su origen, su legado, historia y propósito. Sólo aquellos que recuerdan quiénes son pueden resistir al olvido —dijo Anira—. Y vuestros hijos son la clave. Las estrellas guían, las rosas sanan. Pero necesitan un cielo que los abrace y un jardín que los proteja.
El rey, sabio en su corazón, entendió. Anira no era una simple plebeya: era una enviada del destino, una tejedora de futuros. Le ofreció quedarse, no como sirvienta, sino como consejera y guardiana de la palabra.
Con el tiempo, Anira enseñó a los hijos del rey a hablar con los símbolos, a escribir con la sangre del alma, a cantar con la voz de los ancestros. Elian aprendió a leer las estrellas, Cael a escribir con fuego. Liora cultivó jardines que curaban el alma, y Nyra creó un lenguaje de pétalos y viento.
Cuando los cuatro hijos del rey eran ya jóvenes, el día temible llegó, Varnak descendió, con su ejército de sombras, neblina y tinieblas,con el afán de destruir la memoria de las naciones.
Sin embargo, no encontró un reino temeroso, Varnak se sorprendió, cuando vio un coro de versos que tejían escudos de luz sobre las murallas del pueblo. Y las multitudes, tenían la historia de Liria en sus frentes, símbolo que su Historia jamás sería olvidada. Y las palabras de Anira, multiplicadas por las voces de los hijos del rey, tejieron un encantamiento que selló al espíritu en un espejo de obsidiana. Y allí quedó, atrapado por la eternidad del tiempo.
Desde entonces, cada año, el Reino de Liria celebra el Día del Verso Vivo, una festividad que no se mide en horas sino en estrofas. Durante siete días y siete noches, el reino entero se transforma en un templo de la palabra.
Las calles se llenan de guirnaldas hechas de pergaminos y pétalos, y los niños, vestidos con túnicas de lino bordadas con estrellas y rosas, recorren las plazas recitando versos antiguos y nuevos. Cada familia compone un poema para ofrecerlo como ofrenda en los altares de la ciudad: unos lo cantan al amanecer, otros lo susurran al río, y algunos lo graban en piedras que luego se siembran en los jardines.
En el centro del reino, en el Jardín de la Memoria Viva, se alza la estatua de Anira, esculpida en mármol blanco con vetas de amatista. Sostiene un cuaderno abierto, y su rostro mira al cielo con una sonrisa que parece escuchar los versos del viento. Cada año, los cuatro hijos del rey —ya adultos y guardianes de sus propios dominios— regresan para leer un poema frente a la estatua. Es un acto sagrado, pues se dice que mientras la estatua escuche versos, la Sombra de Varnak permanecerá dormida en su prisión de obsidiana.
Elian, ahora astrónomo real, lee poemas que trazan constelaciones con palabras. Cael, convertido en maestro de escribas, enciende antorchas con versos encendidos. Liora, guardiana de los jardines curativos, ofrece cánticos que hacen florecer las rosas al compás de su voz. Y Nyra, embajadora de los bosques, canta en lenguas florales que solo los pájaros comprenden.
Al final del festival, cuando la luna está llena y el cielo despejado, todos los habitantes del reino se reúnen en silencio frente a la estatua. Un niño o niña, elegido por sorteo, sube al pedestal y recita el verso ancestral que dio origen a la celebración:
\"Tus dos niños son estrellas.
Tus dos niñas son rosas.
Yo sería un cielo para tus estrellas.
Y un jardín para tus rosas\".
Entonces, una lluvia de pétalos cae desde lo alto —nadie sabe de dónde— y el aire se llena de una fragancia que solo existe ese día. Se dice que es Anira,la poeta que amó con versos y visiones, y quien el día de hoy es la cantora celeste del Rey Jorge, quien ahora los sabios le llaman Georgium Sidus, y se conoce actualmente como Urano. Ambos, desde el cielo de Liria, guían a los poetas, soñadores y quienes tienen la esperanza perdida. Cumpliendo su promesa de proteger el reino mientras la poesía siga viva.
Fin.
Todos los derechos reservados©
🍂🍃💐🌸💮🪷🏵🥀🌹🍀♠️♣️♦️⚔️🛡